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OCTAVIO PAZ
En el chisporreo del remolino<br />
el guerrero japonés pregunta por su silencio,<br />
le responden, en el descenso a los infiernos,<br />
los huesos orinados con sangre<br />
de la furiosa divinidad mexicana.<br />
El mazapán con las franjas del presagio<br />
se iguala con la placenta de la vaca sagrada.<br />
El pabellón de la vacuidad oprime una brisa alta<br />
y la convierte en un caracol sangriento.<br />
En Río el carnaval tira de la soga<br />
y aparecemos en la sala recién iluminada.<br />
En la Isla de San Luis la conversación,<br />
serpiente que penetra en el costado como la lanza,<br />
hace visible las farolas de la ciudad tibetana<br />
y llueve, como un árbol, en los oídos.<br />
El murciélago trinitario,<br />
extraño sosiego en la tau insular,<br />
con su bigote lindo humeando.<br />
Todo aquí y allí en acecho.<br />
Es el ciervo que ve en las respuestas del río<br />
a la sierpe, el deslizarse naturaleza<br />
con escamas que convocan el ritmo inaugural.<br />
Nombrar y hacer el nombre en la ceguera palpatoria.<br />
La voz ordenando con la máscara a los reyes de Grecia,<br />
la sangre que no se acostumbra a la tenaza nocturnal<br />
y vuelve a la primigenia esfera en remolino.<br />
El sacerdote, dormido en la terraza,<br />
despierta en cada palabra que flecha<br />
a la perdiz caída en su espejo de metal.<br />
El movimiento de la palabra<br />
en el instante del desprendimiento que comienza<br />
a desfilar en la cantidad resistente,<br />
en la posible ciudad creada<br />
para los moradores increados, pero ya respirantes.<br />
Las danzas llegaron con sus disfraces<br />
al centro del bosque, pero ya el fuego<br />
había desarraigado el horizonte.<br />
La ciudad dormida evapora su lenguaje,<br />
el incendio rodaba como agua<br />
por los peldaños de los brazos.<br />
La nueva ordenanza indescrifrable<br />
levantó la cabeza del náufrago que hablaba.<br />
Sólo el incendio espejeaba<br />
el tamaño silencioso del naufragio.